miércoles, 2 de mayo de 2012

El poder de un nombre

Existe un dicho que dice: "No hay que juzgar un libro por su tapa". De esta misma forma, si juzgar un libro por la estética de su envoltura ya es suficientemente repudiable, mucho peor sería juzgarlo por el nombre que llevara tal obra. Sin embargo, de todos es sabido que ésto es, desgraciadamente, más común de lo que nos gustaría. ¿Quién no ha oído nunca las fatídicas palabras "es que el título no me llama" o "no me convence el título de ese libro" o hasta "¿Con ese nombre cómo puede ser bueno?" salidas de una boca inepta y estúpida? Y es que, la decisión en una disyuntiva literaria puede estar marcada por la impresión (primera impresión al fin y al cabo) que el título pueda darnos, como podría ser el consejo de un amigo o conocido, o la crítica de la obra en la web. Así pues, podemos observar el gran poder que tiene un nombre. Equiparable al consejo de un amigo o la opinión de un entendido o experto, ahí es nada. ¿Por qué tiene tanto poder esta primera impresión? 

                  
          

Meditadlo por un momento. El nombre es la palabra con la que existimos si lo miramos desde una perspectiva lingüística. Ya lo dijo Wittgenstein: "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Un nombre es como va a ser reconocido algo o alguien durante toda su vida. Y con nombre también me refiero al mote de turno o cualquier palabra con la que haga referencia a una persona. Es sumamente trascendental el nombre que hayamos recibido o adoptemos a lo largo de nuestra vida, porque todo el mundo que tenga que conocerte pensará en ti cuando oiga ese nombre o palabra. De esta forma, muchos de los que tienen un nombre muy común como Jose, María, Juan, Carlos o Ana, suelen añadirle un segundo nombre para singularizarse un poco más que el resto. Esto da lugar a una nueva variedad de nombres complejos, que pretenden dar un mayor abanico de elección para la denominación de un neo nato. Sin embargo, hay que advertir que tampoco hay que divagar demasiado con el nombre, pues teniendo padres con un pasado lisérgico y con falta de proteína cárnica, existe la posibilidad de recibir nombres tales como 'Brisa', 'Amanecer' o 'Freeman' (todos estos nombres son reales y un servidor conoce a las personas que los lleva). 


De igual manera, existen ciertos nombres que pueden influir en el destino de la persona y hasta pueden anunciar su futuro. Nombres como Jessica, Vanessa, Israel, Jonathan o Kevin, a estas cosas me refiero. Pero, un momento, si este tipo de nombres arrojan a su desgraciado portador a un trágico destino, ¿No podría ser que otro tipo de nombres pudieran llevar a una persona al éxito en la vida? Los monjes agrípnios consideramos que sí, y tenemos ejemplos claros de ello. Son ejemplos ampliamente conocidos, pero que nadie se había percatado de tal secreto. Y es que es necesaria la ilumincación tras años de celibato y meditación para poder tener una consciencia de la ultrarrealidad (dícese de lo que está más allá de la realidad). Por ejemplo, si te llamas Margaret Thatcher, no acabarás de empleada en el Lidl o de secretaria debajo de la mesa de tu jefe. No, no. Estás destinada a ser la primera ministra británica, llevar a tu país con mano dura y meterle un cate a los argentinos por unas islas de mierda. Y además tener un secretario debajo de la mesa. Es un nombre poderoso, puedes hacer frente a quien sea si te llamas así. Y si se presenta el presidente de EEUU, pues te da igual porque Reaggan es nombre de payaso hollywoodiense. Y si se presenta el presidente de la URSS, pues te cagas, que Gorbachov es nombre de vodka, y si hace falta te partes el culo delante de su cara. Imaginad el poder que tiene tal nombre, que te acaban llamando 'la dama de hierro'. Ahí es nada.

 


Sin embargo, es en el mundo deportivo donde podemos encontrar la mayoría de los casos. Este mundo es un mundo duro y arduo en el que las oportunidades para el triunfo son escasas y fugaces, y muy pocos consiguen probar las mieles del éxito. Es por ello que tener ciertos nombres le dan a uno un sexto sentido para dar un paso al frente cuando se presenta tal oportunidad, y estar visible para el ojeador o cazatalento de turno. Con un nombre poderoso sobresales en una larga lista llena de Juanes, Carlos, Joses y Franciscos. Por ejemplo, alguien llamado Bastian Schweinsteiger (pronuciese bástian essfanstaiagarr), alemán y con cara de caudillo bárbaro del siglo IV dC por fuerza tenía que triunfar en la vida. Estaba escrito. No puedes ser un mediocre con tal nombre. Igual que si de pequeño te llaman Zlatan Ibrahimovic (pronunciese sslátán ibragímovic), estás destinado a medir 1'94, y no sólo ser cinturón negro en Taekwondo, si no además ser un dios del fútbol que mete chufazos gracias a las habilidades en artes marciales. Esos nombres son nombres de dioses nórdicos, y no Thor o Godín, que parecen nombres de perros pequeños y feos que solo hacen que ladrarte y que te encantaría encalarlos en el segundo balcón de la finca de enfrente de una patada.  



Así pues, existe un nombre que es el nombre de los nombres. El summum de la Onomástica. Y este es Amar'e Studemaire (pronunciese amaiahgstudemaiahg, todo junto). Nombre titánico donde los haya. Tiembla la tierra al pronunciarlo. La boca se llena con cada una de sus letras. Parecen unas palabras de poder que pueda desencadenar un terrible conjuro o invocación. Si la caja de pandora tuviera una contraseña por voz, las palabras que desencadenarían el fin del mundo sería éstas sin duda. Solo puedes ser un coloso de ébano para ser agraciado con tal nombre. Y si lo consigues, solo te espera que la fortuna y la gloria en tu camino. Podrías hasta conquistar el mundo tú solo con tus propias manos. Nada puede pararte. Tú eres Amar'e Studemaire, y tú no conoces límites. Así es el poder de un nombre.

      

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